Para hablar de mi voluntariado tengo que remontarme a seis años atrás, porque acabo de encontrarme con un artículo de la Universidad que hablaba de muchos sueños que con el tiempo se han convertido en certezas. Aprender italiano (en Italia) ha sido una de ellas; lo gracioso es que fue con 25 años cuando el Periodismo, en una pausa (obligada) de la vida laboral, me arrojó a irme fuera. Lo que empezó siendo una solución de un año a una terrible sensación de estar perdida, terminó dándome una de las experiencias de vida que llevaré para siempre conmigo.
Si menciono Nápoles, digo que estaba para mí. Como todos los voluntarios, apliqué a una veintena de ofertas, y un día vi que se había publicado una nueva para cubrir un puesto de comunicación al sur de Italia. Fue muy fácil llegar a Torre del Greco; después de las Navidades comencé este gran viaje que concluye en diciembre. Porque terminaba en septiembre, pero aquí sigo. Pensaba que iría a parar a una ‘carina’ ciudad de la Toscana, con su gente, sus callecitas y sus costumbres italianas, y de repente me vi sumergida en el caos de una ciudad vieja sureña y con más encanto que ninguna otra. Eso es lo primero.

Luego, debería hablar de lo que están siendo estos meses. He tenido la suerte de rodearme de locales, napolitanos que me han abierto de par en par las puertas de su casa. No ha sido difícil alargar la experiencia. Mi trabajo, como responsable de redes sociales, ha sido liviano. Me he cruzado con muchas personas increíbles que se esfuerzan por hacer comunidad, por mejorar la vida de quienes viven en la Campania. Y mejor no entro en detalles con la pizza frita, los ‘Spritz’, la ‘graffa’, el verano en Nápoles, los atardeceres y el mejor escenario posible para pasar un año de voluntariado.
He aprendido italiano, lo hablo con fluidez. Y el inglés ha mejorado. He vivido con personas de varios países, hemos llegado a muchos acuerdos a pesar de las diferencias culturales, personales y lingüísticas. He conocido a otros voluntarios de Italia, procedentes de toda Europa, algunos que ahora son amigos y que han venido a mi casa, como yo he ido a las suyas. Me he movido por Italia como pez en el agua; no siempre ha sido fácil.

Esta semana hablaba con Ailen, de la Víbria Intercultural, de los aprendizajes que te llevas si te lanzas a participar en un proyecto así. Yo lo tengo claro: he aprendido a convivir, con los demás y conmigo misma. Es una experiencia bonita pero no perfecta; he aprendido a cocinar más y mejor, he hecho muchas cosas por primera vez, he convertido mi rutina en mi lugar seguro, aún estando en un país extranjero. A veces me he sentido sola, y muchas otras acompañada. He tenido mucho miedo por muchas razones, y luego ha pasado y he seguido. Algo así como la vida misma, solo que en otro sitio y con nuevos personajes en mi historia.

Para mí es un gran capítulo que ya forma parte de mí, de lo que soy; si estás dispuesto o dispuesta a hacer voluntariado, yo no puedo más que recomendártelo. Lo importante, como dice Andrea, mi coordinador, no son las actividades. Es la vivencia de cada voluntario, lo que llevará consigo incluso cuando termine su proyecto. Lo único que puedo decirte es que no esperes a que la vida te obligue, literalmente, a hacerlo. Yo he tenido mucha suerte: llegué sin expectativas y, ahora, hay veces que bromeo con que soy medio napolitana.

