Una rueda de emociones

Han pasado muchas cosas desde la última vez que os hablé. Muchas cosas y mucho tiempo. El tiempo, ese amigo disfrazado que nos motiva pero también nos boicotea. Decimos en broma que la experiencia está aún en sus inicios. La verdad es que los meses se acumulan y antes de que te des cuenta estás en el medio.


Los meses de diciembre y enero me han aportado claridad. Lo que al principio parecía muy abstracto y siempre en el ámbito de las ideas es ahora más tangible y medible. Los proyectos son más claros y empiezo a sentirme parte de un equipo con objetivos bien definidos en materia de movilidad internacional.


Celebrando la mudanza de oficina de La Víbria

En mi voluntariado, sigo ofreciendo apoyo al desarrollo de los distintos proyectos que la organización tiene entre manos, ya sea mediante la creación de contenidos digitales para las distintas plataformas, o en contacto más estrecho con los principales interesados: los jóvenes. Las charlas en las escuelas me aportan la certeza de que el camino no podía ser otro. Ver la sonrisa y la satisfacción en los rostros de los jóvenes con los que comparto todas las posibilidades de voluntariado y estudios en el extranjero me hace sentir parte de algo más grande. En las escuelas, creamos estrategias de presentación de los proyectos que permiten a los alumnos participar más activamente, y a menudo conseguimos crear foros de aclaración de dudas abiertos al debate y la discusión.

Presentando las posibilidades de la movilidad internacional. Aquí con Marina 🙂

Con el curso de inglés que facilito, he sido consciente de mi capacidad de adaptación, en el sentido de que el uso habitual de las plataformas virtuales en lugar de las presenciales me obliga a adaptar las técnicas y estrategias de presentación de contenidos. Aunque a veces surge el pensamiento “Si fuera cara a cara sería mejor”, esta voz se acalla rápidamente y da lugar a una amplia sonrisa por ver un agradecimiento por el esfuerzo al final de cada sesión. La verdad es que todos sabemos que este año todo es diferente. Y todos somos conscientes de ello, lo que hace que sea menos pesado. Hay entendimiento y comprensión. Hablamos de lo importante que es salir de nuestra zona de confort, y aunque lo veo como un ‘cliché’, esta capacidad de adaptación que todos compartimos nos hace comprender que podemos hacer más de lo que pensamos, incluso con todas las limitaciones.

Momento de relajación durante la clase de inglés, con un pequeño icebreaker


En nuestro grupo de voluntarios continúa el deseo de conocer, de explorar la zona. Todavía existe la esperanza – para mí una especie de certeza – de que pronto podremos viajar por España sin restricciones. El contexto, diría, no es tan restrictivo como en otros países – veo Portugal, con el cierre total de instituciones y establecimientos, y pienso en lo agradecido que me siento de estar aquí, teniendo la posibilidad de llamar por teléfono a un amigo e ir a tomar un café.

Los paseos por la naturaleza circundante han sido nuestro refugio, con las habituales rutas en bicicleta y las caminatas por la montaña. Los paisajes se nutren de paz y el tiempo se detiene. Recibimos visitas inesperadas de amigos aleatorios, que quizás sólo quieren un poco de compañía como nosotros. Y así seguimos, seguros de que cada momento cuenta.

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